Lima (PL) El exgobernante peruano Alberto Fujimori cumplió este sábado 80 años con objetivos otoñales difíciles de alcanzar y cuentas pendientes con la justicia y persistentes dudas sobre la consistencia del indulto que lo sacó de la cárcel.

El hijo de japoneses que gobernó con mano dura Peru entre 1990 y 2000 pasó su cumpleaños alejado de la política activa, sin vigencia personal en el manejo del partido que lo tiene como lejano inspirador y que maneja su hija, la conservadora Keiko Fujimori-

En una carta publicada en días pasados por su inminente cumpleaños, Fujimori señaló los objetivos que se ha fijado para lo que le queda de vida.

Mencionó como tareas unir a su familia, mejorar en lo que pueda su salud y hacer un balance equilibrado y sereno de su vida, metas de las cuales dos pueden considerarse sumamente difíciles.

Lo de unir a su familia alude a la ruptura entre Keiko y el menor hermano, Kenji, expulsado del parlamento con votos decisivos de la bancada del partido que la primera maneja férreamente, Fuerza Popular (FP), que lo echó previamente de sus filas.

Las drásticas medidas desoyeron invocaciones paternas a la conciliación y fueron el castigo por encabezar una escisión de FP que en diciembre pasado se negó a destituir al entonces presidente Pedro Pablo Kuczysnki a cambio del indulto a Fujimori, condenado a 25 años de cárcel por crímenes de lesa humanidad y corrupción.

A ello se agregó el que uno de los adeptos de Keiko Fujimori que provocó y grabó en video negociaciones con Kenji y su grupo, que intentaban convencerlo de que no vote por el cese de Kuczynski por indicios de corrupción. en un segundo intento que, tras revelarse las imágenes, logró el objetivo.

El menor de los hermanos podría ser además sometido a un juicio penal. Así que volver a unir a los hermanos le va a resultar muy difícil al octagenario padre.

El último mensaje de Alberto Fujimori, que reivindica límpidos logros de su gobierno, sin la menor dosis de autocrítica, lleva a pensar que es casi imposible que logre hacer ‘un balance equilibrado y sereno de su vida’.

Además, el indultado tendrán que compartir sus preocupaciones con el juicio próximo a iniciarse en su fase pública, por el secuestro, tortura y muerte de seis campesinos de la norteña localidad de Pativilca, a manos de un escuadrón exterminador de agentes de inteligencia, en 1992.

Siendo la matanza similar a otras dos, cometidas por el mismo grupo, que motivaron la condena a Fujimori como autor mediato de crímenes de lesa humanidad, resulta previsible que sea otra vez condenado.

Otra preocupación es la suerte que corra el indulto, cuestionado por la Corte Interamericana de Derechos Humanos -a la que Perú está adscrito- ante una apelación de familias de las víctimas de las masacres y pendiente de una evaluación por la justicia peruana.

El nuevo ministro de Justicia, Vicente Zeballos, declaró en días pasados, apenas asumió el cargo, que en su opinión el indulto debe ser anulado, porque no fue una medida humanitaria, como dijo Kuczynski, sino producto de un arreglo político.

Entretanto, crecen los cuestionamientos a la política económica neoliberal impuesta por Fujimori hace un cuarto de siglo y la constitución del mismo corte que hizo aprobar y que, por haber logrado estabilidad e inversiones transnacionales, sus seguidores reclaman como mérito.

Esos cuestionamientos ganan terreno en diversos sectores sociales que oscilan entre los que piden reformas y los que demandan una nueva carta magna radicalmente distinta y que permita abrir un proceso de cambios con énfasis social y soberano.

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