ciceron_flores_moya_300Por: Cicerón Flórez|Domingo, 15 Julio 2018 – 1:00am

Fortalece la democracia con disposiciones que blindan el ejercicio político contra prácticas viciadas.

La aprobación en el Congreso del Estatuto de la oposición y la sanción de este por el presidente Juan Manuel Santos es un hecho político de especial trascendencia para Colombia.

Estaba ya previsto en la Constitución de 1991 y era una pieza necesaria en el ordenamiento institucional de la nación.

El Estatuto de la oposición, sin duda, fortalece la democracia con disposiciones que blindan el ejercicio político contra prácticas viciadas que hacen vulnerable esa fundamental función pública.

La oposición política es la expresión de una corriente de opinión contraria a quien representa el poder en su versión oficial.

Es un derecho con plena legitimidad.

Requiere, por consiguiente, reconocimiento en el marco de la legalidad y la garantía de que se puede ejercer sin apremios y con absoluta independencia y libertad el control político sobre los actos de Gobierno.

Con las nuevas disposiciones se le cierra espacios a la cacería de brujas de acuciosos y obsecuentes oficiantes del unanimismo, dispuestos siempre a la censura y a convertir en delito de opinión cualquier postura crítica o contraria a la oficial.

En Colombia hacer oposición se convirtió en un riesgo inminente.

Era exponerse a un destino de ostracismo, de aislamiento, de cárcel, de destierro o de muerte.

Lo padecieron los militantes del Partido Comunista y hasta los liberales en “tiempos de bárbaras naciones”. El exterminio de la UP fue la extrema violencia de sicarios adiestrados y financiados por narcotraficantes, latifundistas y encopetados líderes del establecimiento para quienes disentir era alinearse y hacerle el juego a la guerrilla o al terrorismo. Los llamados “falsos positivos” fue una respuesta macabra de una estructura criminal concebida con finalidades perversas.

La muerte de líderes sociales en días recientes es la respuesta de representantes de intereses ilícitos contra quienes defienden derechos legítimos o buscan que no se siga en la repetición de más de lo mismo.

Con el Estatuto de oposición se abre un nuevo capítulo en el ejercicio de la política en Colombia. Se podrá debatir sin miedo a ser considerado un sospechoso o casi delincuente. Queda atrás ese oscurantismo propio del sectarismo partidista, que tantas víctimas le ha dejado a la nación.

La oposición es también un aporte en la perspectiva de que se gobierne bien. Porque advertir los desvíos oficiales, señalar desatinos y proponer alternativas, ayuda a encontrar salidas más constructivas.

No será la rígida imposición de los que mandan. Deben ser tomadas en cuenta o por lo menos escuchadas otras voces.

Los colombianos serán más libres en la medida que puedan expresarse sin ataduras impuestas por quienes explotan el poder a su manera y hasta en forma abusiva causando estragos contra la mayoría.

Lo que sigue es hacer del Estatuto de la oposición un instrumento que corresponda a la utilidad que se espera genere ese recurso de poder.