Por: Cicerón Flórez Moya*

La paz, la educación, la justicia, el régimen pensional, el empleo, la propiedad de la tierra y su explotación, el medio ambiente, los derechos de las personas, las libertades, la lucha contra la corrupción y todos los etcéteras que abarque el resto de propuestas programáticas, son temas de los candidatos a la Presidencia de Colombia.

Todo está dicho con entonación resonante y, desde luego, tomados al vuelo esos compromisos no dejan dudas de las bondades con que se presentan. Otra cosa puede resultar cuando se decantan los contenidos y se comprueba que “de eso no dan tanto”. Porque, además, la experiencia pone en evidencia que los inspiradores de las plataformas de campaña ya se han rajado en funciones de Gobierno. Por ejemplo: en sus ocho años de mandato, Álvaro Uribe no le cumplió a Norte Santander. Con la venta de Centrales Eléctricas no se impulsaron los proyectos que se prometieron a través del entonces alcalde Ramiro Suárez.

Ojalá el candidato Iván Duque no le busque justificación a esa omisión y acepte que la deuda del uribismo con el departamento está pendiente. Y a él o a Gustavo Petro corresponderá saldarla.

Ahora no se trata del tema en mención.  Es la corrupción lo que está en la agenda, dado que es tema de alta prioridad. ¿Qué tanta voluntad tendrán los aspirantes a la Presidencia si no rompen con quienes son los capos de esa cadena de fraudes al Estado?

Si no se erradica la corrupción, cuyo costo anula toda posibilidad de ejecutar proyectos prioritarios que requiere Colombia, toda iniciativa queda en suspenso.

Se necesita un liderazgo libre de todo impedimento para conducir al país por el rumbo correcto. Liderazgo para saber dónde están armadas las trampas. Liderazgo para no tragar entero y tener valor de tumbar entramados viciados, como esos que han servido para apoderarse de universidades regionales y manejarlas como haciendas particulares y en detrimento de la calidad académica. Liderazgo para rescatar la justicia que en muchos casos quedó atrapada en las redes de togados casados con el delito. Liderazgo que no se doblega al poder del dinero ni se deja intimidar por la mentira y el odio. Liderazgo para impedir los contratos amañados de alimentación escolar. Liderazgo que no ceda a las presiones de las bandas que controlan el tráfico de operaciones ilegales.

La erradicación de la corrupción debe ser política fundamental del Gobierno que comienza el 7 de agosto. Es mucho lo que está por hacerse contra ese flagelo y hay que asumirlo como política de Estado. Si no se actúa en este caso con diligencia el país seguirá pudriéndose y los males se agudizarán. Porque tal plaga tiene tenáculos que estrangulan y deja secuelas devastadoras.

Puntada:

Tiene que ser una encrucijada asumir la opción del voto en blanco después de haber defendido unas políticas consideradas útiles en la promoción de la democracia. Abandonar esas tesis o dejarlas al vacío puede significar el rompimiento con lo que se había predicado. Las convicciones deben ser coherente, sin vaguedades.

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