Por Lourdes Pérez Navarro*

Vallegrande, Bolivia (PL) Cuando los integrantes de la Brigada Médica Cubana culminan su misión en Bolivia, invariablemente acuden a Vallegrande, municipio cabecera de esa provincia del departamento de Santa Cruz.

Se dirigen al hospital Señor de Malta, no para brindar o recibir asistencia médica, sino para homenajear a un colega argentino-cubano, guerrillero y formador de hombres: Ernesto Guevara de la Serna, el Che.

Hasta allí llevaron su cuerpo los oficiales del Ejército boliviano de entonces, quienes, cumpliendo órdenes de Estados Unidos, lo asesinaron el 9 de octubre de 1967 en una escuelita ubicada en el poblado de La Higuera, perteneciente al vecino municipio Pucará.

En la lavandería del centro asistencial sus victimarios tendieron su cadáver, lo llevaron a la morgue –donde le cortaron las manos para su posterior identificación– y lo enterraron en un lugar desconocido hasta 30 años después, cuando en 1997 fueron hallados sus restos mortales por un equipo multidisciplinario cubano, tras largo tiempo de búsqueda.

Su cuerpo –y el de sus compañeros de guerrilla– ya no está en Valle Grande, ahora él reposa en el mausoleo que lleva su nombre en la ciudad de Santa Clara, en la isla caribeña. Pero su legado y espíritu libertario están presentes en este lugar.

Hasta aquí llegamos con un grupo de galenos cubanos seguidores del ideario del Che, entre ellos, cinco miembros de la brigada internacionalista Henry Reeve, que participaron en la lucha por erradicar el ébola en África occidental.

Los doctores Norge J. Martínez, especialista en Medicina Interna, y José E. Saavedra, especialista en Anestesiología y Reanimación; y los licenciados en Enfermería José Luis Sánchez, Ángel Téllez y José Antonio Padrón, acompañados por el ortopédico Orestes Rodríguez, destacado como trabajador más integral en la BMC de Caracollo, departamento de Oruro, hacían realidad un sueño preciado.

Luego de llevar sus conocimientos y salvar vidas en varios rincones del mundo, llegaban humildemente hasta estos intrincados parajes de la geografía boliviana a palpar la historia con sus manos.

Aunque añosas, la lavandería y la morgue del hospital mantienen buen estado, pues los integrantes de la BMC en Vallegrande, además de su labor asistencial en esta ciudad de 18 mil habitantes, asumen la limpieza y el mantenimiento del lugar.

El sitio es visitado cada año por cientos de personas, en su mayoría extranjeros, atraídos por el ejemplo del Guerrillero Heroico, que trasciende fronteras.

‘Estar en este lugar es como estar en la meca de los revolucionarios del mundo’, afirmó a Prensa Latina el doctor Miguel Ángel de la Torre, ortopédico de la brigada santacruceña de El Torno, quien con el tiempo devino historiador y amplio conocedor de los andares de Ernesto Guevara en la nación andino amazónica.

Recuerda que cuando llegó a Bolivia en su primera misión (2006-2008), período en que inauguró la BMC en Vallegrande, empezó a investigar a fondo la vida del guerrillero y sus compañeros, y hoy ilustra al visitante, con evidente respeto y apego a la historia, acerca de cada día, lugar, hecho y condiciones en que ocurrieron los acontecimientos.

Bajo su guía visitamos el Museo, inaugurado el pasado año al cumplirse el aniversario 50 del asesinato del guerrillero, que ampara el terreno donde se hallaron sus restos y los de algunos de sus compañeros de lucha; fotos que recorren varios momentos de su vida y de su muerte, además de documentos y prendas personales.

Cerca de allí recorrimos el terreno donde sus victimarios arrojaron en un basurero el cuerpo sin vida de Tamara Bunke, conocida como Tania la Guerrillera, y otros de sus compañeros. Hoy, aunque sus restos reposan en el mausoleo de Santa Clara, este es un sitio histórico, donde siempre brotan las rosas.

CAMINO A LA HIGUERA

A dos horas de la ciudad de Vallegrande, transitando por estrechas vías que bordean montañas y limitan con abismos, nos acercamos a La Higuera. El paisaje es impresionantemente hermoso: al horizonte la cordillera de Los Andes, a los pies las caudalosas aguas del río Grande, pero el frío hiere y a veces penetramos las nubes.

Este camino no existía 50 años atrás, lo que nos hace pensar en las múltiples dificultades que atravesaron los guerrilleros.

A cada rato el doctor De la Torre detiene la marcha para mostrarnos lugares donde se conoce estuvieron el Che o sus compañeros. Entramos a Samaipata, un pueblo turístico que fue tomado por la guerrilla y donde ya desapareció la farmacia en la que pretendían comprar medicamentos para aliviar la perenne asma del Che. Letreros cada vez más continuos nos indican que viajamos por la ruta del Che. Así llegamos al paraje donde cayeron Tania la Guerrillera y otros compañeros; también a la Quebrada del Churo (o Yuro), donde hieren al Che en una pierna y punto desde el cual lo hacen caminar con mucha dificultad hasta La Higuera, atravesando montes.

Otra vez nos detenemos y nuestro guía nos hace notar un curioso detalle: la cima de una elevación semeja la forma de la boina del Che. Ciertamente tiene parecido, máxime cuando manos amigas le han adicionado una estrella amarilla, alumbrando el continente de América Latina.

Según afirman los pobladores del lugar, dice el historiador, esta figura no existía antes, sino que se formó luego de la muerte del Guerrillero.

Tras otra de las tantas curvas de la carretera, aparece, a nuestros pies, La Higuera, que se nos antoja apenas un puntico entre la inmensidad del paisaje.

Allí mataron a Ernesto Guevara, en la pequeña escuelita, hoy convertida en museo, con pupitres de la época, banderas de varios países y cientos de mensajes: ‘Viva el Che en el corazón de todos’, ‘Gracias Che por ser tan grande y por seguir viviendo en nuestras mentes alimentando nuestras ideas’, ‘Hasta la Victoria siempre, seremos como el Che’; ‘Che amigo, tú vives en el corazón de millones’.

Hasta esta localidad de apenas 70 habitantes llega la BMC. En un consultorio dotado con todo lo necesario, el doctor Yasel García y la enfermera Aniuska Perera brindan asistencia médica, a la par de cuidar el museo y todo el centro histórico que incluye esculturas del Che, asiduamente visitadas por viajeros de todas partes del mundo y a las que no les falta una vela encendida, en señal de respeto o quizás de devoción.

Ya de regreso a Vallegrande, un auto pide paso por la estrecha vía. Son Yasel y Aniuska que acuden al llamado de una urgencia médica en un poblado vecino. Ahí van a salvar vidas, sin mirar riesgos ni distancias.

Recuerdo entonces una frase dicha la noche antes por la doctora Yoandra Muro, jefa de la misión médica en Bolivia, durante un emotivo conversatorio donde los médicos del ébola -como cariñosamente les llaman-, compartieron con sus colegas designados en Vallegrande sus anécdotas y experiencias en la lucha contra esta epidemia, actuación reconocida internacionalmente.

‘Ustedes, dijo, no son mejores ni peores médicos, son diferentes’. Y claro que lo son, pues, como galenos cubanos, a la práctica profesional de la medicina acompañan los principios, el humanismo, la ética y solidaridad que les legó el Che.

*Corresponsal de Prensa Latina en Bolivia.

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