Por: Rodrigo López

A raíz de la decisión de un juez de la República de ordenarle al Distrito Capital modificar su eslogan “Bogotá mejor para todos” agregándole el complemento “y todas” con el presunto fin de no dejar por fuera a la mujer, algunos ciudadanos se dirigieron a la Real Academia Española con el fin de conocer su posición al respecto.

La respuesta fue precisa: “En español, como en muchas otras lenguas, el masculino gramatical es el término no marcado en la oposición de género, lo que faculta a esta forma para referirse genéricamente a seres de uno y otro sexo. Por tanto, la forma «todos» engloba a hombres y mujeres.”.

Lo cierto es que la mujer ha librado importantes luchas para superar, por ejemplo, la mentalidad patriarcal, la diferenciación salarial, su exclusión de algunos rituales religiosos y jerarquías eclesiásticas, pero sobre todo de la actividad política. Pero bajo el influjo de esas justas luchas se ha filtrado otra no tan justa, la denominada “lenguaje incluyente”, según la cual, siempre que haya necesidad de mencionar a un colectivo del que hagan parte hombres y mujeres debe mencionarse a unas y otros, pues al no hacerlo se estaría desconociendo la existencia de lo no mencionado. Así por ejemplo, hay que decir espectadores y espectadoras siempre que se haga alusión a quienes asisten a un determinado espectáculo.

Lo que hay detrás de esta tendencia es el desconocimiento de algunos conceptos básicos e indispensables para un buen hablar. El primero, confundir sexo y género, olvidando que el primero es un concepto anatómico-fisiológico, mientras el segundo lo es gramatical. De allí que haya sustantivos con género, pero sin sexo (tarde, alimento), como los hay también con sexo, pero sin género diferenciador (hipopótamo, rinoceronte, jirafa).

El segundo consiste en creer que el género masculino es gramaticalmente contrario al femenino y que, en tal condición, las mujeres son discriminadas si se usa exclusivamente el masculino. Al contrario, si hay alguien realmente discriminado es el hombre, pues el género masculino es gramaticalmente el género no marcado, distinto del femenino, cuyo uso es exclusivo para referirse a las mujeres. De allí que cuando se dice, por ejemplo, párense todos, se paren hombres y mujeres, pero cuando se dice siéntense todas, solo se sienten las mujeres.

La anterior es una preocupación que todos deberíamos tener. Si dejamos que se imponga esta novedad sintáctica, estaremos permitiendo que nuestro idioma se convierta en un instrumento de comunicación carente de la fluidez, la gracia y el esplendor que quienes lo conocen le admiran. Tal usanza la ha tomado el movimiento feminista como un triunfo, desconociendo tal vez que los triunfos gramaticales no existen.