Por: Cicerón Flórez Moya
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El decir de muchos es que la política les produce repugnancia y no la soportan. Por eso toman distancia de quienes la manejan. También descalifican a los partidos y piensan que sus dirigentes son agentes del mal o causantes de los problemas que agobian a la nación. Los hechos recurrentes de corrupción los toman como argumentos suficientes para esa falta de credibilidad a cuanto se hace desde lo público.
Pero ese pensamiento crítico no lleva a una acción militante de rechazo a lo que se cuestiona. En vez de animar a la participación como expresión de inconformidad, se queda en la pasividad, que equivale a dejarles los espacios libres a los protagonistas de los males.
Con la abstención electoral, por ejemplo, se permite que los grupos que basan su fuerza en la compra de votos, se impongan y se alcen con el poder para explotarlo en beneficio propio mediante procedimientos ilícitos. Las mayorías de las minorías que acceden al poder son el resultado de ese aislamiento que anula un derecho ciudadano tan esencial como es el de elegir, llamado a fortalecer la democracia restándole posibilidades al fraude de los clientelistas.
Si los ciudadanos tomaran parte en la política en defensa del interés general, no se dejaran comprar el voto, denunciaran los desvíos en la función pública y le pidieran cuentas a los elegidos, la democracia no sería una parafernalia de engaños sino el cumplimiento de objetivos de dignificación de la vida.
La política no tiene porqué convertirse en una feria de trampas y degradación. No tiene porqué llevar al abuso o al desgreño en el desempeño de los recursos oficiales. Si su finalidad es el manejo del poder en todas sus posibilidades quienes están en ese quehacer tienen la responsabilidad de obrar en forma consecuente.
Se debe tomar en cuenta esta definición: “El concepto de política se define en tres sentidos básicos:
1. como lucha por el poder,
2. como conjunto de instituciones por medio de las cuales se ejerce el mismo,
3. como reflexión teórica sobre su origen, estructura y razón de ser”.
Esa concepción impone, en lo fundamental, que los compromisos tiendan hacia el bien común y no se contraigan al egoísmo o a la mezquindad de gamonales o tiranos que todo lo suman a su avaricia o su perversión.
En ese orden de ideas es deseable que los partidos se reactiven y tengan la fortaleza de colectividades de opinión, con identidad ideológica y programas de Gobierno. Así dejarán de ser agrupaciones viciadas, o empresas de negocios vergonzosos, o carruseles de turbideces explosivas. La política también debe servir para el constante debate de lo público y el escrutinio de quienes gobiernan, sin caer en mentiras intencionales o en presiones desatinadas.