Por Marcel Garcés Muñoz|Crónica Digital – 27 de noviembre, 2016
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Fidel Castro y Salvador Allende

Ha muerto Fidel. Y entra en la leyenda histórica de su país, el continente y el mundo.

Cuba, América Latina y el mundo despiden su figura y realzan  la obra política y social que se confunde con su biografía,  su pensamiento de valor estratégico, las convicciones que animaron su acción practica, su compromiso solidario con los pueblos en lucha .
Y más allá de un juzgamiento cargado por las convicciones o el enjuiciamiento, que  surge  a la hora de los balances, y en dependencia  del compromiso partidista  o del prejuicio ideológico, o los intereses de la coyuntura, lo que se impone es un análisis objetivo de su rol en la historia, de la influencia que ejerció  en el escenario político y social regional y mundial.

De Fidel Castro Ruz, nacido en Cuba, se puede decir que es ciudadano de América Latina donde su acción  política, revolucionaria,  tuvo un escenario  épico.
Su nombre, sin  suda, y más allá de la emoción de su partida, quedará inscrito entre los padres fundadores de esta Patria Grande, que inspirara y motivara  a Miranda, Bolívar, San Martín, O’Higgins, los Carrera, Manuel Rodríguez, Artigas de la lucha contra el Colonialismo y por la Independencia, y los que vinieron después, Sandino, Recabarren, Bilbao,  Martí, Pancho Villa, Prestes,  el Ché,  Allende y tantos otros, que  pertenecen, como él,  a la historia de la liberación de nuestros pueblos
Generaciones de jóvenes  se inspiraron  en su ejemplo, y asumieron su compromiso, entregando esfuerzo y su vida  en pos de objetivos de liberación, en sueños de libertad.
Con  Fidel y la Revolución Cubana, la dignidad, el patriotismo y su contenido latinoamericano, la solidaridad y el sentido de pertenencia,  en el discurso y en los hechos, a una  lucha revolucionaria común,  asumieron una categoría  conceptual  en la teoría y la práctica social y política.
La revolución, como objetivo político y social y como hecho colectivo, como una reacción de pueblos oprimidos y ofendidos,  de generaciones sin futuro,  adquiere el carácter ciudadano  de un derecho  humano y un valor ético.
Hay muchos aportes de Fidel y la Revolución Cubana al acerbo de las fuerzas revolucionarias, democráticas, progresistas de América Latina y del mundo, tanto en relación a las fuerzas motrices de los procesos revolucionarios, de la relación dialéctica entre democracia y revolución, de respuestas, que en oportunidades han confrontado dogmas o prejuicios, pero que han contribuido a la maduración de respuestas en los nuevos desafíos e interrogantes y demandas  de un mundo en proceso de cambios, nuevas agendas y la emergencia de nuevos liderazgos y nuevos actores.
Los analistas pueden encontrar en el proceso  bullente de la Revolución Cubana, de sus aprendizajes, de sus contradicciones y de sus búsquedas, sus errores y aciertos,  donde el papel conductor de Fidel y otros de sus personeros se ha hecho presente, y en campos  de la agenda académica y política practica, como el protagonismo social y político de la población afrodescendiente o  la reivindicación  de la historia y los derechos de  la población originaria  de la Abya-Yala, antes de que la América de hoy fuera América.
Desde luego, Fidel ya fue leyenda inspiradora, junto con ser un ejemplo concreto, aunque él se sentía sobre todo ser un compañero de luchas y sacrificios, de generaciones que en tiempos de épica romántica ofrecieron sus vidas y desarrollaron su energía en pos de un proyecto social revolucionario.
Fidel supo encarnar los ideales de generaciones de patriotas de América Latina y traspaso las fronteras geográficas e ideológicas para convertirse en un símbolo de consecuencia, de pensamiento y acción revolucionaria, sin perder su condición de líder político, referente moral y combatiente persistente.
Su acción y vida política sintetizó  el sueño de la justicia social con el patriotismo y la audacia, la voluntad y el objetivo de generar un mundo nuevo.
Fidel como los padres fundadores Miranda, Bolívar, San Martín, O’Higgins, Los Carrera, Manuel Rodríguez, Artigas de la lucha contra el colonialismo y por la independencia, y los que vinieron después, Recabarren, Bilbao,  Martí, Pancho Villa, el Ché, Allende y tantos otros, pertenece a la historia de la liberación de nuestros pueblos.
 Y su figura, más allá de la circunstancia dolorosa de su muerte  y del examen  histórico inevitable que debe venir, ocupa desde ya, un legítimo lugar en el panteón  de los héroes del continente, porque su pensamiento y su acción, sus proyectos y sus realizaciones, sus sueños y sus pasiones, maduraron junto a los pueblos en marcha y sus esperanzas colectivas, sus victorias y sus derrotas.
Es sin duda un protagonista de la historia contemporánea de América Latina y su trascendencia es global y un referente  de generaciones que asumieron la conciencia de pertenecer a una Patria Grande y respondieron  al llamado de dignidad patriota surgido en la Sierra Maestra.
Fidel  escribió su historia, la de Cuba, la de América latina y la de muchos de nuestra generación que convivimos con su gesta y sus proyectos, con un motivo y un sueño: la liberación nacional, la dignidad de la lucha por un futuro de libertad, de justicia, democracia, progreso y una vida digna.
 Nunca antes la gran patria soñada por Bolívar tuvo tanto significado práctico tanto como poético, una exigencia de premura, una demanda de compromiso permanente y de entrega sin condiciones.
 Fidel encabezó, con mano firme, a 50 millas del Imperio, enfrentando sabotajes, centenares de complots y conspiraciones contra su vida y la seguridad de Cuba, el boicot permanente, el bloqueo,  el desmoronamiento de la comunidad socialista, el crítico “periodo especial” que sufrió su pueblo pero su aporte se proyectó más allá del escenario cubano, a través de la solidaridad política, económica, científica, sanitaria y de la meditación estratégica.
Pero  Fidel y la Revolución Cubana no se limitaron a la conquista de la dignidad propia, a la defensa de su proceso, al enfrentamiento de las dificultades de los pioneros, en una región  plagada de confrontaciones y de la presencia  conspiradora del  Imperio. y de las fuerzas reaccionarias locales.
 Cuba ha contribuido de manera decidida en los diversos procesos de pacificación y de  recuperación democrática en América Central, y de una manera elocuente en el proceso de paz en Colombia, tanto como en los esfuerzos de integración regional, en procura de lograr una voz común  en materias económicas, políticas,  desarrollo y progreso.
La dirigencia cubana, y Fidel, de manera determinante, entendieron claramente los cambios  estratégicos , que han ido conformando un escenario mundial multipolar,  a partir del fin de la Guerra  Fría, y la nueva agenda global en defensa de la paz, la seguridad  y el derecho Internacional,  del medioambiente , de los derechos de los pueblos originarios, contra el neocolonialismo y temas acuciantes  como la migración, las minorías nacionales y el mundo de la diversidad sexual, entre otros temas emergentes. Y han contribuido teórica y prácticamente en señalar  y enfrentar la complejidad de los desafíos  del presente  y el futuro de la humanidad.
No es menos importante el aporte solidario cubano con sus médicos y otros especialistas en Haiti, Venezuela,  Argentina ,  Bolivia, e incluso con ciudadanos chilenos carenciados.
En el caso chileno  hay un ejemplo emotivo de la sensibilidad y humanidad del Comandante en Jefe con el hijo enfermo  de un político destacado de la Derecha  nacional, el senador Andrés Allamand, de quien Fidel en persona  se preocupó en La Habana cuando concurrieron a la capital cubana en procura de su restablecimiento.
“Para nuestra familia fue un verdadero ángel”, dijo Allamand de Fidel,  por la atención prácticamente diaria   que tuvo por su hijo  Juan Andrés,  atendido en Cuba , tras un grave accidente.
Para la presidenta Michelle Bachelet, por su lado,   Fidel Castro, “fue un líder por la dignidad y la justicia social”  tanto en Cuba como en América Latina.
Y quizás esto sea el mejor apitafio para Fidel, aunque como dijo una estudiante desde la  escalinata de la Universidad de La Habana , que lo viera en sus tiempos de universitario rebelde, “Fidel no se ha muerto, se multiplica”.
De lo que se trata es ,  parafraseando al poeta chileno, Vicente Huidobro,  que no se le convierta en estatua, sino que se le mantenga vivo en su ejemplo de coherencia entre el pensamiento y la acción, el sueño  romántico y el realismo crítico, el compromiso ético con los principios de la democracia y el progreso con las exigencias  de un mundo desafiante que busca respuestas  a sus necesidades e inquietudes.

Por Marcel Garcés Muñoz
Director de Crónica Digital

Santiago de Chile, 27 de noviembre 2016
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