las juderias coverPor CARLOS LOPEZ DZUR

Un amigo me pregunta: ¿Por qué lecturas optarías, si las opciones fueran novelas de Víctor Hugo y Gustave Flaubert? Mi novela ‘Las juderías‘ le recuerda ‘La educación sentimental‘ del primero y ‘El pueblo en sombras’, textos de Hugo, escenas del Jorobado de Notre Dame o ‘Los Miserables‘. Estas dos novelas mías fueron publicadas por Palibrio Editores en noviembre 2013 y febrero 2014. Aquí respondo al amigo y mi respuesta es más amplia porque contesto, en definitiva: ¿Por qué escribo? ¿Qué me mueve a hacerlo? tan obsesivamente como ellos y, en verdad, tarea que yo realizo desde hace 40 años. 
Mi gusto por escribir data de los once años de edad, en mi pueblo natal y así me lo hizo notar el Presidente del Centro Cultural  Luis Rodriguez Cabrero del Pepino, cuando me presentó ante la institución para que se me otorgara el premio «La Lira». Dije a Ángel Tomasini que esa era la edad de Gustave Flaubert cuando comenzó a escribir durante sus días del octavo grado en el Colegio Real de Ruan, en Normandia, Francia.
Gustave Flaubert solía decir: «Escribo por el solo placer de escribir, para mí solo, sin ninguna finalidad de dinero o publicidad». Y en su decir, hay una verdad. Se deriva placer al escribir, claro que sí, aunque ni se gane dinero ni publicidad. Ahora bien, si los escritores  lo dijeran honestamente, con toda la boca, saben y pueden decirlo que, por más «pobre, vulgar y tranquila», que sea nuestras vidas, los libros / una obra literaria personal / madura con sus propias intenciones. Ese primer libro escrito «para mí solo», como dice Flaubert, no vuelve a repetirse. El segundo libro quiere otra cosa que las aventuras de las frases y las flores de las metáforas. Los libros hablan y quieren compañía, sino a lectores, al menos a oyentes y es porque, a medida que se vive y medita, hay más inconformidad y el placer crece, se vuelve menos lúdico e infantil. El meditar de la soledad (que es la esencia de todo libro) sigue no queriendo ese dinero o publicidad que el éxito trae consigo, pero demanda la procuración de valores. El libro, cuando su autor es auténtico produce y transmite valores y la riqueza de los valores no es para pajiarse o masturbarse a solas. Es mensaje que se comparte porque puede ser útil para entender la política de la vida, que es la misma que la política de la sociedad, tal como Marx la comprendía.
Vivir es el proyecto, humano y social, de organizar el poder de nuestra clase, no para oprimir a otra como suele suceder, sino transformar el poder organizado de un modo tal que no hayan clases antagónicas y la felicidad sea posible… Contrario a Flaubert, yo no escribo porque ya sé y me divierto con la aventura de las frases y recoger metáforas de lo lindo que es la vida, la tranquilidad de una mediocre vida; escribo en la medida que descubro mis infortunios propios y me pregunto y acuso por la responsabilidad que tengo ante ellos. Siento el placer masoquista de autoinfligirme un par de bofetadas porque, no en todo y por todo, hay que acusar a los demás de uno o más fracasos personales. Cuando uno aprende a acusarse a uno mismo y darse sus MEA CULPA, aprende a escribir ‘para mí solo’, flauberianamente; pero, educarse en la introspección, en el acusarse propio, es el mero comienzo del proceso de juicio.
Decía Epicteto de Frigia que «acusarse a uno mismo demuestra que la educación ha comenzado». Ahora diré más: Que los libros se comparten y se independizan del capricho del mí mismo cuando transmiten valores y estos (los principios transmisibles) han de ser valores de transformación y conservación de guías para la nobleza de conducta. Al menos, hay dos principios que incentivan que yo comparta, escriba y deje mis libros como un testimonio personal de vida. Detesto el silencio de la gente buena, bonnes personnes, de l’honnête, con corazón sencillo, y la garrulería del ruido social. Le bavardage bruyant contemporain, como escribe Flaubert. Los estúpidos en el poder, la ignorancia que opina y destruye, eso es abominable, pero, bello y útil como metáfora o flor que Flaubert quiera recoger para sentirse más a placer sobre sus nalgas tranquilas es «ser útil al prójimo». Dentro de lo trágico, la tarea es la ‘fea más bella’ y ésto es muy sofocliano… digo que me tocó re-continuar el proceso de mi vivir, nacer y crecer para palpar la noción de realidad, o atestiguar y transformar lo aconteciente en una época muy violenta; más que ninguna otra en la historia del mundo. En los EE.UU., como en toda América, se exterminaron más de 100 millones de indígenas y, después a partir de la guerra fría, la guerra sicológica y la intolerancia disfrazada de diplomacia es tan atroz como los genocidios en guerras de baja intensidad… ¿Cree usted que, yo nacido en este contexto, pueda tener la misma pasta de Flaubert y su devoción a un arte placentero u obseso por «le mot juste», ‘la palabra exacta’, o la prueba del «gueuloir»? … no. Soy más de la pasta de Hugo, si bien respeto la verdad de su vida,  su objetividad y la esmerada labor de su realismo y su individualismo. Diría a Flaubert: ‘La vida no puede ser feliz, en medio de la Guerra franco-prusiana cuando soldados prusianos en 1870 ocupan tu propia casa. E irrumpen, en tu cabeza, enfermedades nerviosas’. La de el lo fue,
La vida de un epiléptico ha de ser triste. Lo fue desde la infancia; como neurótico obsesionado con la escritura, cometió errores y utilizó el oficio como pretexto de su disgusto por la vida, pero también de sus entusiasmos por el arte. Su misantropía tiene lecciones para mí, que estoy entre Hugo y él, en el recaudo de valores. Detesto la vulgaridad, la mediocridad, el materialismo del burgués, pero no la belleza… que no la busco en la palabra, sino en la vida y, sin embargo, soy de los que digo que es la cosa más fea, objetivamente deprimente, que mil millones de personas vivan con un dólar al día y que en nuestro territorio se gasten tres billones de dólares tan solo en la guerra de Iraq, que no resolvió nada. Muy feo que no haya deseo de ser útil al prójimo, sino en hacer politiquería…
Quizás es justo resumir por tales razones, o aquellas parecidas, de las que Flaubert se escondía o asumía pose o  ‘memoria de loco’: Estoy más inclinado a  Víctor Hugo, pero comprendo grandezas y vulnerabilidades de Flaubert…

___

[NOTA: Carlos López Dzur, poeta, novelista e historiador puertorriqueño, Autor de las novelas Las Juderías, Berkeley y yo, Las hienas y El pueblo en sombras. Tiene además una docena de libros poéticos y de cuentos publicada. Obtuvo el premio anual «La Lira» del Centro Cultural Luis Rodríguez Cabrero de San Sebastián del Pepino en 2013. En su adolescencia, era aficionado a la lectura de la novela romántica y realista francesa (Balzac, Hugo, Flaubert) y la narrativa rusa (Dostoveyki, Gogol, Tolstoi, etc.)]